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Testimonio de un secuestro (mientras los gobernadores y el Presidente hablan y prometen)

agosto 26, 2008

Marta Alcocer*

Tomado de La Jornada

El pasado jueves 21 de agosto me dieron un balazo entre el hombro y el cuello, muy cerca de la arteria aorta. Me amagaron y me llevaron secuestrada.

Me robaron 500 pesos, 400 huevos de gallinas que yo misma crío en semilibertad, mi reloj de pulsera, una cadenita de oro, una laptop, una carpeta con másters de dvd que yo había realizado, cd con softwares y diseños de portadillas y un celular.

Eran alrededor de las seis y media de la tarde. Iba yo hacia la ciudad de México por la carretera que va de Jalatlaco hacia el Ajusco. Ya cerca de donde está un letrero de “Bienvenidos a la Ciudad de México”, pasando una curva, me encuentro con un coche estacionado y un hombre joven con boca y nariz tapadas por un paliacate, los brazos estirados, horizontales, apuntándome con una pistola pequeña color plateado, a unos 20 metros.

Me echo en reversa, intento dar la vuelta en “u” y el hombre aparece junto a la ventana apuntándome y me ordena que abra la puerta y le dé las llaves.

Obedezco, me paso al asiento de junto y trato de salir huyendo cuando siento que me dan un golpe entre el cuello y el brazo, del lado derecho, y oigo a otro hombre que dice: “¡Ábreme!”, y se sube en el asiento de atrás.

Pasa un auto gris pequeño, pero (por supuesto) no se detiene. Los delincuentes ponen en marcha mi camioneta, una pequeña Tracker. El conductor increpa al otro que por qué me baleó. El otro responde que porque quería yo huir, dice que la bala entró y no salió.

Yo creo que están blofeando, tardo en darme cuenta de que la ventana derecha está completamente estrellada y siento un hilillo de sangre.

No me atrevo a tocarme, pero ya sé que sí estoy herida, aunque no me duele (más tarde, el anestesiólogo me dice que seguramente la bala colapsó un nervio y eso evitó que me doliera).

Me obligan a agacharme, pero puedo ver que mi captor toma por un camino ancho, de tezontle. Sigue por él y luego entra por otro estrecho, en el monte, dos huellas y hierba.

Se detiene en un descampado. El del asiento de atrás, quien me disparó, se baja. El de adelante me ordena que descienda. Yo no quiero, pienso que me van a matar. El de adelante, que deduzco es el jefe y más experimentado, me dice que no me van a asesinar.

Abro la puerta para bajarme y de nuevo la pistola apuntándome. Vuelvo a subirme a la camioneta. “Me está apuntando tu amigo”, le digo a mi captor. “No le apuntes”, le ordena, y el otro dice: “Es que me está viendo. Y yo le digo exaltada: “¡No te veo, si estás todo tapado, cómo te voy a ver!” Salgo de la camioneta. Les pregunto qué quieren. “Dinero”, dice el jefe. “Traigo 500 pesos”, le digo, y los saco del bolsillo del pantalón y se los entrego.

Le digo también que soy periodista. Me preguntan que para quién trabajo y respondo que soy independiente. El ayudante corre al auto y regresa diciendo: “No es periodista”.

También les digo que trabajo en una organización ecologista. Le pregunto al jefe que quiénes son ellos. Dice que terroristas de Irán, pero lo dice en broma, no suelta prenda. Me amarra los tobillos con una tela. Me ordena que ponga las manos atrás, antes me pide mi reloj y una cadenita de oro herencia de una tía. Se las doy. Al apretar, la tela se rompe. Toman una agujeta de mi zapato y con eso me atan las muñecas.

El conductor me carga como un bulto. El otro saca varios montones de cartones de huevo de la cajuela, los coloca cuidadosamente sobre la hierba. Me avientan a la cajuela. Me ponen en la cara una sudadera roja, aterciopelada, con capucha y jareta, con un letrero pequeño de Santander que traía yo en el coche. Supongo, porque no puedo ver, que la camioneta va por un camino rural –monte–, pero no puedo ver. Después de dos o tres kilómetros se detiene. El delincuente que va manejando dice a alguien que está afuera del auto (refiriéndose a mí, supongo): “Trae bala”. Oigo que se baja el que me disparó. El tercero, que está afuera, ordena: “¡Regrésala, regrésala, regrésala!”

El conductor da la vuelta. En la radio se escucha información sobre la reunión de gobernadores y las declaraciones del presidente Felipe Calderón y sus promesas de acabar con la inseguridad.

Después de un silencio largo, de nuevo le pregunto a mi captor si me va a matar. Dice que no. Le digo que no le creo. Me lo jura por su madre, me dice que me va a dejar la camioneta y me va a dar las llaves para que me vaya.

De pronto detiene el auto, abre la cajuela, me desata, me da las llaves de la camioneta y me dice que siga derecho hasta el Distrito Federal. Yo arranco a toda la velocidad que puedo, miro por el espejo retrovisor cómo se va mi secuestrador, caminando muy orondo con la capucha de mi sudadera en la cabeza.

Me preocupa que hayan contactado con mi familia y la estén chantajeando. Me doy cuenta de que no se llevaron mis tarjetas de crédito, del IFE ni la licencia. Busco el celular; sí se lo llevaron. Y también mi laptop.

Antes de llegar a la carretera veo a un taxi con gente, disminuyo la velocidad y le pregunto al conductor por dónde llego a México. Me dice que al encontrar la carretera dé la vuelta (creo que) a la derecha y así lo hago.

Hay mucho tránsito en la ciudad. Pasa como una hora antes de que logre llegar al hospital Médica Sur. Estaciono la Tracker (sin vidrio del lado derecho, el que me disparó lo había quitado hace mucho, supongo que para evitar suspicacias de alguna patrulla que pudiera pasar).

Entro a urgencias, explico que tengo una bala, que me dispararon, que me presten un teléfono para llamar a mi esposo. Jaime está en casa, nadie le habló ni lo chantajearon. Le digo que estoy bien, que estoy en el hospital, que me rozó una bala, que vaya.

Me llevan en una camilla. Pido hablar con un agente del Ministerio Público, pues sé que cuando hay un caso como el mío el hospital tiene obligación de reportarlo y supongo (creo que así era antes) que siempre hay un agente cerca para tomar una declaración.

Por otro lado, como he leído bastantes novelas policiacas y visto películas y programas de televisión de este género, sé perfectamente (es muy lógico) que las primeras horas después de un crimen son las más importantes para atrapar al criminal.

En mi caso, los datos de la carretera, el camino rojo de terracería, las huellas de la camioneta, los cartones con huevos, la sudadera roja brillante en manos del secuestrador (o en su cabeza), la laptop con marca y número de serie (que tengo más o menos a la mano),donde además hay una conferencia que estaba editando y otros muchos trabajos y registros fotográficos, etcétera.

Pero no hay agente del Ministerio Público localizable. Pasan tres horas antes de que me lleven al quirófano. Tras operarme para retirar la bala, el hospital envía ésta junto con un reporte a la delegación Tlalpan 2.

A la mañana siguiente, mi cuñado y agente de una aseguradora nos comenta que es necesario levantar un acta para hacer efectivo el seguro que tenemos contratado con la compañía que él representa.

Llaman por teléfono al Ministerio Público. Nadie puede ir al hospital a tomarme declaración. El reporte y casquillo de bala que enviaron los médicos lo tiene seguramente algún empleado cuyo turno de 24 horas terminó en la madrugada y no regresará hasta 48 horas después (así son los turnos, según nos enteramos azorados).

Burocracia e ineficiencia

Nadie en el Ministerio Público tiene acceso a ese reporte, si bien el hospital tiene una copia. Mi cuñado y mi hijo van entonces a Tlalpan 2. Allí les dicen que tienen que ir a otra delegación que está en el Ajusco. En ésta argumentan que adonde hay que declarar es en Tlalpan 2. Mi cuñado insiste, suplica, se enoja, regaña y logra que le den un formulario que mi hijo llena declarando lo que le narré.

Hay sólo dos abogados y finalmente un agente judicial acepta ir a tomarme una declaración directa, pero tienen que ir en su patrulla. Suben los tres al vehículo. Hay mucho tránsito.

A poco de andar, el auto se detiene: se le acabó la gasolina; el judicial del turno anterior dejó la patrulla casi sin combustible. Mi cuñado y mi hijo se bajan a empujarla hasta la gasolinera.

El judicial saca las monedas que tiene y pide 60 pesos de gasolina, mi familia se coopera con otro tanto. Después de una hora llegan al hospital.

Le digo al judicial que me da la impresión de que esos delincuentes operan allí, en esa zona del Ajusco, entre el DF y el estado de México, le doy los datos que acabo de escribir arriba.

Me dice que ya ha habido otras denuncias, que los secuestradores son de por allí, que la policía tiene retratos hablados de ellos.

Y yo le pregunto: “¿Por qué no los atrapan?” “Estamos tratando”, responde sin convicción. También le pregunto si sería posible recuperar mi laptop. Es mi instrumento de trabajo y contiene información valiosa sólo para mí. “Uh, es muy difícil –responde–; suelen venderlas en un tianguis muy grande que se pone los domingos por allí o las llevan al Monte de Piedad”. “Pero si tengo el número de serie…”

El judicial niega con la cabeza (se le ve triste, impotente, derrotado de antemano). Me dice que me llamarán en la semana para que amplíe mi declaración, se despide y se va.

Me pregunto si serviría de algo que yo hiciera personalmente la investigación, que fuera a buscar el tianguis que se pone “por allí” los domingos, y con mi herida de bala que afortunadamente casi no me duele (pero estoy con suero, en el hospital, el cuarto con amigos y familia que llegan a visitarme). Más tarde prendo la tele, busco noticias entre la saturación de programas sobre las Olimpiadas.

Un dato más que olvidaba: si bien el secuestro ocurrió en el estado de México, decidimos no especificar esto, pues nos advirtieron que en ese caso tendríamos que ir a declarar a dicha entidad, aun cuando no sabemos si adonde me llevaron era DF o no.

Como ciudadana, exijo:

–Que siempre haya disponible un agente del Ministerio Público para tomar declaraciones en hospitales.

–Que la policía se movilice inmediatamente después de una denuncia y de forma coordinada para buscar a los criminales. Las primeras horas después de un crimen son cruciales para encontrarlos.

–Que además de a los criminales, busquen el cuerpo del delito.

–Capacitación de la policía, inspectores preparados que puedan pasar de una demarcación a otra haciendo su trabajo sin que se les obstaculice, sino al contrario. Pienso que si los miembros de la policía leyeran y estudiaran novelas policiacas como la ya clásica mexicana El complot mongol, de Rafael Bernal; o las de Paco Ignacio Taibo II, cuyo protagonista es Belascoarán Shayne; las del sueco Mankel, que tienen al policía Wallander; las clásicas de Agatha Christie, el inspector Poirot, la serie televisiva inglesa Inspector Moore, etcétera, esto les ayudaría a levantar el ánimo y a entender la importancia de su trabajo.

–Cárceles modelo en las que puedan rehabilitarse los criminales.

Quiero escribir también que estoy en contra de la pena de muerte, que no tengo deseos de venganza, que es necesario que estos delincuentes estén en la cárcel, que tengan una sanción ejemplar pero conforme al estado de derecho –cadena perpetua, quizás–, que trabajen en la cárcel para pagar los gastos que implica estar en una prisión, que se les rehabilite en la medida de lo posible (en ciertos casos deberán permanecer encerrados porque son sicóticos peligrosos e incurables), que se haga investigación sociológica, sicológica, antropológica que permita conocer mejor cómo es que estas personas se convierten en criminales, qué pasa en esta sociedad.

Ellos son el lado oscuro de ella, la sombra de una cultura y de un modelo político y económico inequitativo y generador de miseria que tiene que cambiar ya.

Por lo pronto, sugiero a quienes transitan por esta carretera que, repito, va, desde la ciudad de México, de la desviación hacia Toluca por la carretera del Ajusco, hasta Jalatlaco, y luego la continuación de la Marquesa (yo venía al revés, hacia el Ajusco). Allí operan los secuestradores impunemente. Es muy posible que al día siguiente de mi “episodio” con ellos hayan vuelto a delinquir y tengan ahora secuestrado a alguien –sin bala, al menos en lo que les entregan el rescate.

*Marta Alcocer es videasta, escritora y ecologista. Se declara amante de la vida y sumamente apenada por lo que ocurre en México

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