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Un país de los pocos

junio 6, 2009

por Lorenzo Meyer
(publicado en Reforma el 27 de mayo de 2009)

Un tema que nos definió de origen
En un artículo sobre Carlos Slim que aparecerá en The New Yorker (1 de junio), Lawrence Wright cita a un corresponsal del The New York Times que, al saber del préstamo por 250 millones de dólares que el magnate mexicano acababa de hacer (enero, 2009) a su periódico —y de las duras condiciones impuestas por Slim al prestigiado pero endeudado diario—, se pregunta si a esa venerable empresa periodística le convenía asociarse con “un monopolista consumado” como Slim. Wright aprovecha la observación para definir al fundador del Grupo Carso como algo más que un monopolista: “nadie en la historia moderna ha dominado a una economía de las dimensiones de México  —un país de ciento diez millones de habitantes con un ingreso per capita superior a los diez mil dólares— como lo ha hecho Carlos Slim”.

El ingeniero mexicano de origen libanés es el eslabón más reciente —y el más notable— de una cadena de personajes similares que viene de muy atrás. En realidad, una manera de resumir la historia de México —lo mismo política que económica, social o cultural— es la narración de lo sucedido en un país que siempre ha sido posesión efectiva de un puñado. Desde que hay memoria histórica, a nuestra sociedad se le puede definir como una estructura de poder diseñada para organizar y explotar la desigualdad social extrema. Y esta definición es válida lo mismo para el periodo indígena que para el colonial, el independiente o el actual.

En el pasado profundo, el dominio de los muchos por los muy pocos fue aceptado como natural, como legítimo, pero a partir de la independencia cada vez menos. Esa pérdida progresiva de legitimidad del poder de las minorías en un país estructurado de siglos por y para beneficio de los pocos, es lo que en gran medida explica la dinámica de la historia política de México en su etapa nacional.

Bicentenario y Centenario
La propuesta de celebrar el año entrante el bicentenario del inicio de la insurrección de independencia de México y el centenario de la que derrocó a la dictadura de Porfirio Díaz, representa un problema para nuestra élite del poder. El sentido profundo de ambos acontecimientos —estallidos justos de violencia social— fue el rechazo de los sectores mayoritarios a la permanencia de su estatus como eternos explotados, como meros objetos cuya única razón de ser era el servicio a unos supuestos “superiores naturales”. Seguramente es por eso que hoy la maquinaria burocrática encargada de la “celebración” de dichas insurrecciones tiene el perfil más bajo posible. Y es que exaltar el espíritu de rebeldía de los muchos contra los pocos no cuadra bien con los que manejan el poder en el México actual.

Es frecuente en la plática informal escuchar la pregunta (¿el deseo?) de que quizá la magia del número 10 se vuelva repetir en este siglo: “1810, 1910, y ¿2010?” Por un lado, razones sobran para que el mexicano normal considere que siguen presentes en el México actual motivos como los que llevaron a los estallidos que pronto celebraremos. Por el otro, lo probable es que el 2010 pasará a nuestra historia como el año que simplemente se ahondó la actual crisis económica, social y política y no como el que dio inicio a otra revolución. Y esto último es así porque las revoluciones ya no se ven como solución o porque, como lo señalara hace mucho Clarence Brinton, (Anatomy of Revolution, Nueva York, 1938), éstas no suelen estallar en sociedades exhaustas, que viven una etapa de depresión, sino en aquellas que combinan un agudo sentido de agravio, de injusticia colectiva con el empuje de una economía en ascenso.

En México el empuje económico se perdió en 1983 y desde entonces no se ha recuperado pero, por otro lado, el sentido de la injusticia va en ascenso. ¿Cuál de los dos términos de la ecuación de Brinton es más importante? El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, acaba de señalar que debido a los efectos negativos en el empleo de la crisis financiera mundial, “hay riesgo de una grave crisis social” en el sistema global, (El País, 24 de mayo). Por otra parte, México y Centroamérica, por depender desproporcionadamente de la economía de Estados Unidos, no saldrán de su depresión hasta que ese país se recupere… y la recuperación norteamericana será muy lenta.

Por mucho tiempo los muchos han vivido sin futuro
Desde el gobierno y los círculos que le apoyan, se señala que la actual crisis económica viene de fuera y no es culpa de nuestra dirigencia. Sin embargo, el hecho rotundo e innegable es que México dejó de crecer desde 1983. La liga tan estrecha con Estados Unidos no es casualidad sino diseño de Carlos Salinas —el TLCAN— y nunca se tradujo en el crecimiento prometido para el país en su conjunto. La gran exportación hacia el mercado norteamericano nunca se hizo como parte de una cadena productiva ligada al resto de nuestra economía sino a importaciones, de ahí que el saldo comercial haya sido sistemáticamente negativo.

El TLCAN ha beneficiado sólo al México donde señorean los pocos, el México ligado a las exportaciones, el México ligado al sector financiero (que básicamente es extranjero), el México de las actividades monopólicas o cuasi monopólicas (teléfonos, televisión, cemento, etc.), el México de la alta burocracia (alimentada por la renta petrolera). Sin embargo, hubo otro México mayoritario que no creció, que no crece porque su mercado, el interno, ha desaparecido o casi.

Los indicadores sobre la distribución del ingreso del INEGI nos dicen que hoy 60% de las familias mexicanas se las tienen que haber con 26% del ingreso disponible mientras 10% superior disponen de 36% de ese ingreso. El salario, ya sea el mínimo o el promedio, ha caído desde el inicio de la crisis del modelo económico en 1982. Peor aún, los aumentos en la productividad, cuando los hubo, no pasaron mayoritariamente al trabajo sino al capital.  Y es que, finalmente, la razón de fondo de la desigualdad creciente es la que señala el economista Ravi Batra de la Southern Methodist University de Estados Unidos ya citado antes por esta columna (23 de abril): el sistema neoliberal actual está expresamente diseñado para que el aumento de la productividad apenas si llegue a los trabajadores y el grueso se quede como ganancia del capital. Este fenómeno lo ha mostrado Enrique Dussel para nuestro país. Por ejemplo, Dussel sostiene en 2004 que en la industria automotriz “el empleo aumentó en 40.1% durante 1988-2001, los salarios reales disminuyeron en 17.3% y la productividad aumentó en 213.2%”.

¿Y la democracia?
Se supondría que con el advenimiento de la democracia política a nuestro país, por primera vez los muchos tendrían en sus manos el instrumento adecuado para empezar a revertir una situación que por siglos (¿milenios?) les ha sido desfavorable. Que mediante el voto, de manera pacífica, sin necesidad de repetir la violencia de hace un siglo y dos, podrían empezar a dar vuelta a la tortilla y hacer de México un país donde la mayoría se reconociera en el gobierno y en sus políticas al punto de hacer de este un país de todos o, al menos, de la mayoría. Sin embargo, no ha sido el caso.

Y es que los partidos y las estructuras dentro de las cuales se empezó a dar el actual juego electoral simplemente fueron capturados por la vieja red de minorías. El sistema de partidos se alejó y distorsionó hasta desaparecer su papel de aglutinador y trasmisor de las demandas e intereses de la mayoría.

En estas condiciones no extraña, por ejemplo, que en la encuesta de opinión ciudadana llevada a cabo por Reforma hace un año, (20 de mayo, 2008) a la pregunta “Diría que su país es gobernado por los intereses de unos cuantos, para su propio beneficio, o es gobernado para el beneficio de toda la gente”, 83% respondiera que esa acción gubernamental está encaminada al beneficio de unos cuantos. Ese resultado sobre la naturaleza de la acción del gobierno se puede complementar con lo que encontró la Encuesta Nacional Sobre Cultura Política que llevó a cabo la Secretaría de Gobernación también en 2008: que apenas 48% de los ciudadanos consideraban que México vivía en una democracia.

En suma
La crisis económica ocupa hoy el centro del debate público, Ayer ese lugar lo tuvo la epidemia de influenza y antier el problema de la seguridad. Sin embargo, nuestra verdadera crisis es la incapacidad histórica para hacer que México transite del país de los pocos al de los muchos. Y ese es el tema —y lección— que nos deben de recordar los dos aniversarios que se aproximan.

Resumen
México sigue siendo un país de millones dominado por los intereses de un puñado, igual que en 1810 y 1910. Conviene sacar en eso una conclusión.

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