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Mil balazos vs mil palabras

septiembre 10, 2009

Abraham Nuncio
La Jornada, 10 de Septiembre de 2009

Pocas horas después del prestreno en Monterrey de Gomorra, el film basado en la lúcida crónica de Roberto Saviano sobre el crimen organizado de Nápoles y su periferia conocido como la camorra, numerosas familias de una zona residencial de Monterrey vivían el horror de una extraña escaramuza en la que fueron disparados mil proyectiles (800 recuperados, más los perdidos), durante casi hora y media, sin que autoridad alguna ocurriera en su auxilio.

El blanco de las descargas fueron las casas de esas familias, que llamaron con insistencia y sin respuesta a los cuerpos de seguridad. Afortunadamente no hubo muertos. El único herido fue un ex ministerial, que repelió el ataque –a él se supone iba dirigido– con armas de grueso calibre. Aún no se sabe si el comando de 40 hombres al que se señala como responsable de la agresión fue una banda de criminales o de paramilitares o el legendario grupo dirigido por Ali Babá, que en esa ocasión se quedó en su búnker dirigiendo el operativo vía teléfono móvil.

Cada bala negó lo que Felipe Calderón ha dicho y repitió en su tercer Informe de gobierno sobre el combate al crimen organizado. A saber:

Primero. Si el objetivo de su gobierno “ha sido refrendar a México como un país de leyes y de instituciones y garantizar la seguridad pública de los ciudadanos”, y por ello ha concentrado su esfuerzo “en restablecer el imperio de la ley en aquellos lugares de la República que se han visto mayormente afectados por la acción de la delincuencia”, la noche de las mil balas fue una muestra al descampado de que no es así.

Segundo. Si el “objetivo medular del gobierno es lograr la seguridad pública de los ciudadanos, y no única ni principalmente combatir al narcotráfico”, la noche de las mil balas fue una prueba de que no ha logrado ni logrará lo primero y tampoco lo segundo en el brevísimo trienio que será su sexenio.

Tercero. Si es su “obligación constitucional y ética” combatir “con determinación al crimen organizado”, éste le mandó la noche de las mil balas un mensaje incontrovertible: que tal obligación está lejos de cumplirla.

Cuarto. Si el propósito era “entrarle de frente a este problema, en aras de lograr nuestro propósito indeclinable de construir un México más seguro” y asumir “una decidida intervención del gobierno federal para combatir a esas organizaciones criminales y fortalecer la plena autoridad del Estado en cada punto del territorio nacional donde fuese vulnerada”, la noche de las mil balas en Monterrey fue el reverso de ese propósito acompañado –verbalmente– de actitud tan decidida.

Quinto. La decisión gemela “de poner en marcha los operativos conjuntos en las regiones más asediadas por el crimen organizado, porque es obligación nuestra y porque han sido las autoridades locales las que han pedido la intervención y el apoyo de las fuerzas federales para fortalecer su autoridad”, fue acribillada la noche de las mil balas junto con las casas donde se clavó cada una.

Sexto. Si el “combate al narcotráfico es el combate a una poderosa vertiente financiera, logística y operativa del crimen organizado”, la noche de las mil balas fue una muy larga demostración de la existencia de esa vertiente, pero también de su impunidad.

Séptimo. Si un Informe exige dar a conocer tanto las cifras buenas como las malas, en el tercero de su mandato sólo dio a conocer las buenas: el aseguramiento de cerca de 50 mil armas, casi 22 mil vehículos, droga en cantidades que hubieran alcanzado “para proveer con más de 80 dosis a cada joven mexicano entre 15 y 30 años de edad” y “alrededor de 80 mil personas vinculadas a la delincuencia, incluyendo a varios líderes de los principales cárteles”, así como a 70 lugartenientes de todos los cárteles tan sólo en este año, cantidad mayor “a todas las que solían hacerse en un sexenio completo” y, además, “en los últimos 12 meses la detención de mil 400 secuestradores, la de-sarticulación de más de 200 bandas y la liberación de más de mil víctimas secuestradas”, pero fuera de esa contabilidad jactanciosa quedaron ciertas cifras: mientras durante la vida de Roberto Saviano (26 años cuando escribía Gomorra) la camorra arrojaba un saldo de 3 mil 600 víctimas, el crimen organizado ha producido en México más de 13 mil en los tres años desde que inició la guerra contra sus cárteles; o bien que el lavado de dinero se ha incrementado entre 2008 y 2009 en 25 por ciento (de 20 mil a 25 mil millones de dólares), o que las mil balas disparadas en casi hora y media son, como en estos otros ejemplos, prueba de que el gobierno no está ganando la guerra al crimen organizado.

Octavo. Si verdaderamente le preocupara “lo que sufre el ciudadano común, el empresario, el trabajador, el agricultor, los estudiantes, las amas de casa”, y estuviera “trabajando intensamente en apoyo de las autoridades locales para combatir los delitos comunes que más agravian a la ciudadanía”, el Ejército, que con frecuencia sólo aparece –llámele o no la autoridad civil– para violar los derechos humanos de los ciudadanos, hubiese irrumpido en el lugar de la acción para detener la artillería criminal antes de que pasaran 20 minutos de la noche de las mil balas.

Noveno. Si fuese efectivo el “llamado de la patria para garantizar la seguridad de los ciudadanos” al cual responden “mujeres y hombres ejemplares con decisión y, algunos de ellos, con su vida”, la noche de las mil balas no fuera objeto de crítica ni en éstas ni en otras líneas.

Décimo. Si el poder político en México estuviera seriamente comprometido con el combate al crimen organizado, los mexicanos tendríamos, al menos, un diagnóstico de su organización, de los sectores sociales y oficiales con los cuales se ha coludido, de las rutas y vías que emplea y de cómo opera para que sus finanzas ilegales resulten difícil de combatir sin combatir también las finanzas legales.

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