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Esta masacre no puede seguir

abril 2, 2010

Francisco Gómez Maza

  • De veras, mi querido Felipe, ponte las pilas
  • En qué país vivimos; la vida ya es imposible

A mi querido Ernesto, decidido a emprender nuevas aventuras

La gravedad de la situación de inseguridad que la nación está afrontando es ya insostenible. A todas luces, la estrategia en contra de las bandas criminales y del narcotráfico ha fallado. Todos los acontecimientos del día a día lo corroboran. Las matanzas entre los sicarios de los grupos delictivos son explicables, aunque no comprensibles. El asesinato de capos o su detención, también. Lo que ya clama venganza al cielo es la muerte de ciudadanos inocentes y, de entre estos, las masacres, por errores, de jóvenes, niños y hasta recién nacidos. Los defensores de la estrategia de guerra dirían, y lo defienden, que son los costos de esta guerra, pero no se vale. No se vale. La tragedia de este lunes en Durango no tiene nombre. Un comando mató a 10 personas, entre ellas siete jóvenes y niños, que viajaban para ir a recoger sus becas escolares.

Comprensible la actitud, la decisión gubernamental, expresada por el secretario de gobernación, Fernando Gómez Mont, de que las fuerzas armadas seguirán en las calles. Comprendo, pero no concedo. Si es que quieren combatir por la violencia la violencia de los sicarios del crimen organizado y desorganizado, usen a las corporaciones policiacas. El ejército federal se está desgastando enormemente, rápidamente, y de ser una de las instituciones en las que más confiaba la ciudadanía, actualmente es la que provoca más miedo, más pánico, en los corazones de los pobladores de las regiones, ciudades, pueblos, comunidades que son patrulladas por soldados, como Monterrey y Ciudad Juárez. No sólo no ha amainado el poder de fuego y de trasiego y contrabando de estupefacientes, sino que se ha recrudecido. Los sicarios, en su mayoría integrados por ex soldados desertores de las Fuerzas Armadas y entrenados para matar, se están poniendo al tú por tú con los soldados regulares y, algo que es grave, la situación emocional de éstos está por los suelos, como lo comprueba en número de suicidios entre soldados, tanto que la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena) ha incrementado su equipo de salud mental para atender a militares, mientras que el número de consultas por problemas mentales entre la tropa se ha disparado en los últimos 4 años.

Pero lo más grave son los daños colaterales de esta confrontación, que más parece una guerra intestina que una persecución de maleantes, por el poder de fuego de los grupos delictivos, que incrementaron su escalada de violencia precisamente en momentos en que los gobiernos de México y de Estados Unidos de Norteamérica parecían ponerse de acuerdo en una estrategia compartida para combatir al enemigo, pero entre las patas del enemigo se está yendo al otro mundo mucha gente inocente, y lo que duele más es el asesinato de jovencitos adolescentes y niños, cuando los niños debieran ser, en una sociedad, el cualquier sociedad, los únicos con derecho a privilegios. Comparto con el inmemorial Rubén Aguilar, otrora, en tiempos muy remotos, compañero de ideas y estrategias, y Jorge Castañeda, el tormentoso ex canciller de Fox, su opinión, su convicción, en el sentido de que las bases con las que el actual gobierno mexicano defiende su guerra contra el narcotráfico son falsas, son sofismas, lo que plasmaron en su libro titulado “El Narco: La guerra fallida”, tesis obviamente no compartida por Felipe Calderón. Pero, como bien lo afirman Rubén y Jorge, “si te dedicas a perseguir a quién hay que perseguir, verás que el 95% de los delitos de este país son del fuero común; no corresponde a esta idea del narcotráfico”.

El supuesto calderonista de que México se ha vuelto un consumidor de drogas, la idea de que el incremento de la violencia se debe al éxito de combate a los cárteles, por ejemplo, son muy cuestionables. Y es totalmente cierto. Nadie va a poder lograr que un adicto al alcohol deje el alcohol nomás porque le diga que el alcohol es perjudicial para la salud. El alcohólico bebe porque está enfermo física, mental y espiritualmente y nunca dejará de beber si no quiere, y si quiere no lo podrá hacer solo. Necesitará de ayuda, de apoyo, de otros que han pasado por la misma experiencia. Un fumador empedernido tampoco podrá dejar de consumir todos los venenos que produce la combustión de un pitillo si no quiere. La fuerza de voluntad no sirve para nada. Ambos requieren de buena voluntad y de apoyo externo, del siquiatra, de otro alcohólico o fumador, de un grupo de autoayuda, de un poder superior a sus fuerzas. Exactamente lo mismo ocurre con los adictos a las drogas que son consideradas ilícitas. Mientras el alcohólico o el drogadicto no toque fondo, difícilmente las armas lograrán acabar con la demanda de estupefacientes y no sólo acabar, sino que gracias a ellas, como lo hemos dicho ya hasta el cansancio en este espacio, apoyados por expertos, sino propiciar, alentar el comportamiento activo del mercado, de la oferta y la demanda, que se encarecen, que ponen loca a la curva de Gini y convierten al narcotráfico en el negocio más productivo de todos, tanto de la economía formal como de la informal.

Rubén y Jorge ponen énfasis en su libro en la importancia (para mí la importancia más importante) de los daños colaterales. No el daño al narco, a los narcotraficantes, que estos están conscientes que el negocio es peligro y viven en el filo de la navaja, dispuestos a matar y a morir, a huir o a ser encarcelados. Tienen todo medido. Rubén y Jorge van más allá. Y defienden la tesis de que es “perfectamente factible convivir con el ‘narco’ sin los daños colaterales”, lo que puede no ser deseable, pero por lo menos es una idea que está ahí en la mesa de la discusión pública, como lo expresa Castañeda. Ambos, y en de esto soy partidario, defienden el avance en la despenalización de distintas drogas, empezando poco a poco, por ejemplo con la mariguana, ya que la tendencia de los estadounidenses es precisamente esa. Todo el mundo sabe que la mariguana es una perita en dulce comparada con el alcohol y el tabaco, que desde hace mucho están despenalizados, son drogas tan drogas como las otras, pero están social y legalmente aceptadas. Matan más gente el alcohol y el tabaco, pero esas muertes no se ven en los noticiarios de la televisión. Y qué necesidad, querido Felipe, de ver todos los días como avanzan los ríos de sangre de jóvenes y niños, y hasta recién nacidos.

Y nos veremos, respetando el respeto que los creyentes le tienen a esta Semana Santa, hasta el lunes 5 de abril, si es que amanecemos.

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