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Guerra civil

abril 2, 2010

Jorge Camil

La Jornada, 2 de Abril de 2010

Quítese la venda de los ojos. ¿Guerra contra el narco? ¿Contra el crimen organizado y contra la delincuencia? ¿Guerra de losmalosos (Zedillo dixit) contra los niños buenos de la sociedad civil? Al quitarse la venda de los ojos cierre los oídos a la publicidad oficial. Considere que hasta hace poco los malos no participaban en la guerra mediática. ¿Para qué? Dormían en los laureles del proverbio evangélico: por sus obras los conoceréis. Y como Satanás y el pecado, se dieron a conocer. ¡Y cómo!

Hoy recapacitan. Conscientes del valor de la publicidad retan al gobierno con armas tan poderosas como los cuernos de chivo. Florecen narcomantas y cadáveres colgando sobre la vía pública. ¡Terrorismo! El gobierno quita las mantas y remueve los cadáveres, pero el mensaje permanece y se difunde en los medios, y el Presidente contesta en algún acto público que no viene al caso iniciando, como dicen los españoles, un diálogo de besugos (¿qué horas son? Es jueves). Todos se comunican mediante discursos republicanos y narcomantas. Una auténtica sociedad de locos.

El problema son los muertos, que continúan abarrotando los servicios médicos forenses. Más de 15 mil en lo que va del sexenio. Cinco mil por año. Así llegaremos a 30 mil (los sociólogos consideran que un conflicto interno se convierte en guerra civil cuando arroja mil muertos al año). Soldados, marinos, policías, sicarios: ¡todos mexicanos! Y a últimas fechas civiles. (Según Sedena mil 326 niños y mil 80 mujeres.) Niños de prepa, tildados de pandilleros en Juárez y masacrados en Durango; estudiantes de posgrado (futuro de la patria) confundidos con sicarios. Amas de casa (la sal de la tierra). ¿A quién le importan el PIB y la tasa de cambio? ¿Quién teme a la inflación? ¿Dónde quedó el hoyo de mister Carstens? Ya lo dijo Hillary: sin seguridad no hay inversión. Así que no se preocupe por lo económico. Está igual o peor. Antes decían la bolsa o la vida. Hoy tenemos más opciones: morir de A/H1N1, perder el empleo o dejar el pellejo en un fuego cruzado.

Quítese de cosas, esto es una guerra civil. Más confusa y agresiva que en Irak, donde sólo luchaban sunitas y chiítas entre sí, y contra los chicos de George W. Bush (murieron 5 mil marines en los cinco años de la guerra: ¡una bicoca para las cifras de la guerra mexicana!). Lo único que nos faltan son bombas a la orilla del camino y en los mercados públicos. Pero vendrán, téngalo por seguro. Hay estados vencidos por la delincuencia: Chihuahua, Sinaloa, Baja California, Tamaulipas, Durango, Guerrero, y ahora Nuevo León; ciudades convertidas en campos de batalla a plena luz del día, y aterrorizadas de noche por caravanas de camionetas blindadas: Juárez, Tijuana, Acapulco, Cuernavaca, Mazatlán, Torreón, Monterrey.

Esta minoría ridícula, como la llamó Calderón, obligó a los más poderosos secretarios de Obama a trasladarse a México para corregirnos la plana. La visita fue en cierto modo innecesaria, porque ya la boquifloja de Janet Napolitano nos había anticipado que la participación del Ejército Mexicano no está funcionando. Y 59 por ciento de los mexicanos estuvieron de acuerdo en la última encuesta. Todos quieren el regreso de los militares a los cuarteles; todos desean escuchar el toque de retirada. Gracias generales, oficiales y tropa. Con la pena, los regresamos a sus cuarteles sin protección legal, con los laureles marchitos y la excelente reputación de antaño en tela de juicio.

Estamos dispuestos a abandonar la plaza a un enemigo que formó pequeños gobiernos. Cobran impuestos, imponen leyes y cuentan con fuerza pública, reconoció Calderón. Pequeños gobiernos que retan a un gobierno central cada vez más débil. Ya lo había reconocido Calderón en Madrid el año pasado, pero hoy añadió un dato más importante: dijo que las funciones asumidas por la delincuencia son las que definen un gobierno. ¿Está todo perdido?

Para Calderón somos un Estado en riesgo de ser inviable si se trata de justificar la guerra contra el crimen, pero estamos lejos de caer en el calificativo de Estado fallido cuando no es necesario esgrimir justificación alguna. Jorge Castañeda y Rubén Aguilar consideran que en esta guerra, perdida de antemano, Calderón olvidó las tres recomendaciones de Colin Powell cuando Estados Unidos se lanzó a la primera guerra del golfo Pérsico: fuerzas suficientes para avasallar al enemigo, una clara estrategia de salida y una más clara definición de lo que constituye la victoria. Nadie sabe, porque las cifras oficiales se guardan celosamente, si los 94 mil elementos involucrados son suficientes para avasallar al enemigo, pero los pobres resultados indican que no. En cuanto a la estrategia de salida recomendada por Powell, y a la clara definición de lo que constituye la victoria, resulta obvio que nuestro gobierno no tiene ni idea.

Las recomendaciones de Powell fueron seguidas exitosamente por Bush padre para liberar Kuwait. No obstante, en la invasión de Irak, las mismas recomendaciones fueron ignoradas por Bush hijo con los tristes resultados que conocemos. Éste es el caso de México.

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