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La Pascua

abril 4, 2010

José Agustín Ortiz Pinchetti
La Jornada, 4 de Abril de 2010

Soy liberal y hasta un poco jacobino, pero esto de la Pascua me inspira (no así el tenebrista Viernes Santo). Y me gusta porque la conmemoración de la resurrección tiene un correlato poético con el resurgimiento de la vida en el inicio del estiaje en que todo reflorece y verdea. Además, su origen: el pesah judío, la celebración de la ruptura del cautiverio en Egipto, un acto político, una huelga nacional, una hazaña de resistencia civil activa.

La Pascua nos enfrenta al cristianismo. Soy cristiano herético, pero no puedo negar que esta doctrina es formidable: única utopía vigente. Hablar del cristianismo es difícil este año, por la denuncia de miles de abusos de sacerdotes católicos que han quedado impunes y porque cada semana aparece otro alegato inteligente en favor del ateísmo. Debemos ir a contracorriente.

La fe cristiana se ha vuelto rígida y avejentada, ha dejado de ser capaz de hablarle al ser humano contemporáneo, se requiere una nueva comprensión de lo que fue Jesús y de su fe. Las doctrinas han quedado atrapadas en la Edad Media, no corresponden a las sociedades democráticas del siglo XXI.

Pero la llama esencial del cristianismo está viva, es perene y puede iluminarnos. Creo que en el Sermón de la montaña están las semillas de todos los credos progresistas. Que en los evangelios está el soporte del humanismo, la promesa de un mundo mejor no sólo para la vida futura, sino para esta Tierra. Cuando Jesús llama a la humanidad la sal de la tierra, la luz del mundo, está sembrando el embrión de los derechos universales. Cuando define su propia tarea: anunciar la buena nueva a los pobres y proclamar la liberación de los cautivos (Lucas 4.16), nos convoca al compromiso político.

Los cristianos proclamamos la hermandad para el reino de esta Tierra. Esta hermandad implica un padre común y se ha llegado a pensar que los hombres nunca podrán desarrollar un sentimiento tan profundo de comunidad si no creen en Dios, pero, como dice George Orwell, de modo semiconsciente la mayoría percibe la profunda verdad de esta propuesta. El hombre no es un individuo, sólo es una célula en un cuerpo eterno y se da cuenta de ello. De otra manera no podría explicarse por qué hombres y mujeres arriesgan su vida o su libertad por su patria o sus ideales. En alguna forma se dan cuenta que hay un organismo mayor que ellos que se extiende por el futuro y el pasado, y dentro de esto se sienten inmortales.

El cristianismo resultaba demasiado atrevido y hasta absurdo en el mundo pagano en el que creció y aún hoy, en época de brutal individualismo, sus verdades obvias resultan desconcertantes, pero es probable que un levísimo aumento de conciencia y nuestro propio sentido de lealtad pueda ser extendido a la propia humanidad, que no es una abstracción.

jaorpin@yahoo.com.mx

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