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Libro: 2006 ¿Fraude Electoral?

mayo 11, 2010

El Doctor Jorge Alberto López Gallardo escribió el libro: 2006 ¿Fraude Electoral?, el cual sintetiza el trabajo de los investigadores -nacionales y extranjeros- llamados anomaleros; los cuales estudian las anomalías, principalmente estadísticas, mostradas por los resultados de las elecciones presidenciales mexicanas en 2006.

El libro se puede adquirir en el semanario El Reto

A continuación   el prólogo del libro, escrito por el politólogo Samuel Scmidt.

Prefacio

Las lecciones de los “anomaleros”

Samuel Schmidt
Politólogo

Pocas veces tiene uno la oportunidad de presenciar el inicio de un área nueva de investigación. El trabajo espontáneo realizados por “los anomaleros” –como se autodefinieron a sí mismos estos científicos– nos brinda esta oportunidad, y a mí –en particular– me permite enmarcar el trabajo de Jorge Alberto López Gallardo dentro de la ciencia política, así como aquilatar sus alcances y conclusiones.

El libro de Jorge López plantea muchos retos. Algunos son obvios y están en el debate cotidiano; otros son más profundos de lo que él se imagina, porque tocó cuerdas de cuya sensibilidad no sospecha.

Relación con la ciencia política

Sin mencionarlo abiertamente, el trabajo de López Gallardo logra poner en evidencia la indecisión de la ciencia política mexicana que se negó a responder a la invitación de físicos, matemáticos y otros científicos a entrar en un debate objetivo sobre las anomalías detectadas en los datos electorales del 2006.

Termina el capítulo 2 con una frase lapidaria: “!Oh, pobres doctores de ciencias políticas (en minúsculas), tan cerca de la política y tan lejos de la ciencia!”. Con esta paráfrasis de la máxima comúnmente atribuida a Porfirio Díaz y que supone ser el paradigma de la relación con Estados Unidos, López en realidad se mete de lleno a una vieja discusión –no terminada, por cierto– sobre la cientificidad de la ciencia política. En descargo de la ciencia política se puede aceptar que, dada la variabilidad de los humanos, es difícil formular leyes universales, una de las pretensiones del método científico; pero hay que anotar que muchos politólogos se contentan con sustentar sus análisis en anécdotas y luego sostener que tienen una validez universal.

En el mejor de muchos casos, la ciencia política alcanza a hacer algunos estudios sobre pensamiento político y descripciones muy poco sofisticadas de fenómenos e instituciones políticas; para estudios profundos requiere de la asistencia de otras disciplinas, pero no hay una mentalidad abierta para entrar en este terreno, con lo cual los estudios quedan truncos. En el peor de muchos casos es el uso de un lenguaje rebuscado y complejo que vuelve las cosas ininteligibles como medio de respetabilidad y nivel académico.

Lo primero que me vino a la mente cuando leí el libro fue que a ningún politólogo mexicano se le ocurrió hacer un estudio sobre la pertinencia o no de los resultados electorales, y lo segundo es que me aventuro a sostener que no hay en el gremio quién sepa hacer este tipo de estudio en el país. Sin embargo, sobraban los que hacían “sesudos” análisis en los medios con más sustento que los datos que desmenuzaron los estudiosos que resume López Gallardo en este libro.

La ciencia política mexicana ha tenido una vieja tradición “anti-positivista” que se ha extendido hasta el rechazo, para realizar estudios matemáticos. Me tocó en suerte participar en un “movimiento” en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM en contra de la enseñanza de las matemáticas porque era una “ciencia burguesa”. El adoctrinamiento de marxismo vulgar (del tipo de manual Harneckeriano) se había adueñado de nuestras dos neuronas; esa era la mejor garantía de construir un ejército de monjes dogmáticos que anduvieran recitando fórmulas que difícilmente se entendían. El dogmatismo llegó al extremo que un futuro funcionario de la Secretaria de Gobernación se las ingenió para que sus alumnos solamente estudiaran El Capital (del Dr. Karl Marx) y logró que tres “maestros” más asentaran la calificación que él entregaba para cubrir cuatro materias cada semestre. Nunca hasta ahora me he preguntado qué fue del futuro profesional de esos “capitólogos”. ¿Cuántos fueron esbirros en el gobierno donde participó el maestro de marras? o ,¿cuadros ortodoxos de partido? o, ¿profesionales inútiles de las ciencias sociales?

En otra ocasión, el director de la facultad, un hombre de escasa inteligencia y menor cultura, le reclamó a un profesor por qué encargaba a los alumnos que leyeran a un desconocido, Elías Canneti, que por casualidad ese mismo año recibió el premio Nobel. El rechazo a las “otras” voces era funcional con disciplinas condenadas a producir cuadros sometidos al Estado; y el dogmatismo y la monotemática rechazaban los lenguajes alternativos aunque fueran complementarios, porque se corría el riesgo de que explicaran otras cosas o nos dieran otras explicaciones; ambos elementos muy riesgosos para académicos mediocres que teorizaban a favor de la continuidad del autoritarismo. La libertad era peligrosa. Aprender matemáticas no hubiera roto esa dinámica, pero hubiera ayudado a romper las cadenas del dogmatismo disfrazado de ciencia, abriendo las puertas a nuevas elaboraciones que surgían en el mundo introduciendo creatividad.

Con el paso de los años, mis intereses –y liberación– me llevaron a investigar dos temas abominados en la facultad: humor político y análisis de redes sociales. En el primero fui descalificado porque “solamente me interesaba juntar chistes” y en el otro tema, alguien –con poca imaginación, por cierto– me “atacó” por ser estructuralista como si fuera una falta mayor. En efecto, el análisis de redes es estructuralista, pero el politólogo de marras no decía si mi análisis de las redes políticas en México tenía algún mérito: solo la descalificación, una fuerte reminiscencia a las prácticas marxistas-leninistas-stalinistas que censuraban la búsqueda de otra verdad o, aunque fuera, nuevas explicaciones para fenómenos sociales.

Sirvan estas anécdotas para volver a la puya bien colocada por Jorge López, donde indica la condición “minúscula” de la ciencia política. Aunque él no lo dice, hay que reconocer que es una disciplina incapaz de teorizar (ver su explicación sobre el método científico en “Antecedentes”, “Materia mental”), ya que las hipótesis se asumen como teorías y las llamadas teorías son de alcance muy limitado. Hay un rasgo peculiar en las publicaciones politológicas: todo es infalible, no se encuentran estudios publicados donde las hipótesis no se comprueban. De esa manera se ha llegado a la perfección y a una veracidad difícilmente encontrada en las ciencias duras.

Los politólogos pasan las de Caín para entender un lenguaje distinto y evaden buscar explicaciones adicionales, aún ahí donde la “verdad” parece ser evidente. A veces, cuando los escucho, los asocio con predicadores cuya misión en la vida es diseminar “la verdad”. Ante la necesidad de adquirir respetabilidad se han puesto de moda los modelos, aunque están atados paradigmáticamente dejando afuera aquello que cuestiona la validez del modelo. López encuentra en este libro la incidencia de los “mapaches” en el manejo de las elecciones; sin embargo, este factor, determinante para muchos resultados electorales en el país, es inexistente en los modelos, en parte porque muchos (modelos, no los mapaches) están hechos para mostrar la existencia de la democracia y, en parte, porque están elaborados en otros países desde donde se nos analiza a partir de otros paradigmas. Si en el pasado los politólogos de la UNAM –y sus descendientes que se han desparramado por el país– se convirtieron en teóricos –orgánicos, les decía Antonio Gramsci– de las bondades del autoritarismo, ahora abogan por las explicaciones de la transición, aunque en México ésta esté cada día más lejana. La transición y el fraude electoral son factores antitéticos, no pueden convivir y no puede haber avance a la democracia donde hay fraude electoral.

Posibles descalificaciones

Debido a que este libro propina una bofetada con guante blanco a la ciencia política, es de esperarse que el mundo de los politólogos responda con descalificaciones del trabajo de los anomaleros; antes que esto suceda, adelantémonos un poco a estos posibles golpes.

Los matemáticos y los físicos, a juzgar por lo que dice López Gallardo, son alérgicos al discurso politológico; yo me inclinaría a pensar que los números son incompatibles con la retórica. No faltará quién trate de descalificar este estudio con una vieja versión que se manejaba entre los “científicos sociales”: hay mentiras, grandes mentiras, gigantescas mentiras y la estadística. Y sí, López demuestra que se puede ocultar la verdad con los números, pero también se puede develar. En el 2006 (y en 1994) la estadística, o mejor dicho, los algoritmos, se pusieron al servicio del fraude, y se ponen en este ensayo al servicio de la verdad histórica. Hoy, los actores políticos han aceptado el resultado –por perverso que sea– de la elección del 2006, pero queda la tarea de alertar a la sociedad sobre las capacidades existentes para arrebatar elecciones; aquello que no se consigue en las urnas se puede conseguir en la programación de los resultados electorales, como deja ver sin duda Jorge López. Esto tiene graves consecuencias para la cultura política autoritaria, donde el individuo entiende cada día con más nitidez que el esfuerzo para avanzar hacia la democracia tiene que pasar por un esfuerzo de limpieza de la elite gobernante que se inclina por la trampa cuando así le conviene.

En un país sometido a la voluntad de los políticos y con un sistema cuyas libertades se manejan arbitrariamente, uno no puede dejar de sospechar que algo se oculta tras cualquier postura. En este caso, no faltará quien se pregunte quienes son los científicos que cita López. ¿Son izquierdistas interesados en minar al régimen? Finalmente, a toro pasado, qué utilidad tiene desenterrar una elección que ha quedado atrás, y como dicen los políticos: “qué sentido tiene barrer hacia atrás”, ¿por qué mejor no poner toda esa inteligencia en construir el futuro? ¿Son perredistas?, ¿a qué consignas responden? ¿Son el consejo científico de Andrés Manuel López Obrador?; si es así, este debería ser capaz de articular una gran política científica para el país y dejarse de tratar de corregir lo que ya está sancionado.

Por una parte, es fundamental esclarecer la verdad de los hechos históricos. Parte del dolor del 68 es que a casi cuarenta años de distancia, todavía nos deben la verdad sobre lo que sucedió. Conocer la verdad no corrige el pasado, pero ayuda a construir un futuro sin perversiones, o por lo menos a evitar que se repitan las infamias del pasado. El ocultamiento, por su parte, garantiza la repetición maliciosa.

No se tiene que militar en un partido para estremecerse con una manipulación política como la que vemos cotidianamente y escandalizarse con la estafa en que se han convertido las elecciones que se encuentran plagadas de trampas, y horrorizarse con los políticos que recurren al cinismo de culpar a la sociedad que cada día, en mayor número, se rehúsa a seguir el juego, absteniéndose de votar. Jorge López mencionó que el Partido de los Votos Anulados (PVA) hubiera alcanzado 5 diputados, un senador y presupuesto de por vida, pero el Partido del Abstencionismo (PA) ganó las elecciones.

El presidente –legítimo o no– está lejos de poder hablar en nombre de “toda la sociedad”. El manejo electoral que aleja a la gente de las urnas porque no le cree a los políticos, da lugar a una corrupción que cada día ahoga más al país: si se puede hacer trampa en las urnas, por qué no podrá hacerse para enriquecer a amigos, familiares y a uno mismo.

Yo no hablaré por los científicos y las razones que los llevaron a estudiar las anomalías electorales: sea curiosidad científica, militancia partidista, furia por el engaño; ninguna de esas causalidades, u otras, invalida sus estudios y conclusiones. Pero para nosotros llegó el momento de abrir los ojos ante la aplicación de la ciencia y sus consecuencias, por desagradable que sea a nuestros intereses.

Por otra parte, no faltará quién diga que con la escasez científica que tenemos en el país, está totalmente injustificado que los físicos se dediquen a estudiar temas políticos que no son su materia de estudio. Esta es una visión muy limitada de la ciencia y la transdisciplinariedad. No hay terrenos exclusivos de una disciplina, mucho menos la exclusividad temática, y mucho ganará la ciencia nacional si estos cruces se dan con mayor frecuencia. Jorge López se ha hecho el propósito de institucionalizar tal esfuerzo.

Conceptos centrales

Otra de las cuerdas sensibles que toca el libro de López Gallardo tiene que ver con conceptos centrales de la ciencia política.

En 1968, uno de los centros políticos centrales del movimiento estudiantil era la Facultad de Ciencias. Muchos nos hacíamos la pregunta sobre el rezago en el liderazgo de las escuelas de ciencias sociales y humanidades y su concentración en esa área donde creíamos que se pensaba en términos abstractos; solamente mostramos que no entendíamos que una cosa es el desarrollo de la abstracción y otra cómo esta capacidad de pensar se puede utilizar para resolver problemas. Los estudios que reseña López inciden en el corazón del proceso político: la legitimidad.

Seymour Lipset (1963) sostiene que un gobierno eficaz y que es percibido positivamente por la sociedad es un gobierno legítimo, lo que implica que pudo haber llegado al poder ilegítimamente. Este enfoque sugiere que el gobierno puede llegar a ser popular o bien aceptado; sin embargo, difícilmente se legitima, porque tiene un pecado de origen, aunque dada la manipulación de la sociedad, no se debe descartar que esa aceptación lo lleve a ganar elecciones, con lo que el gobierno se legitimará. Por su parte, Max Weber determina que la legitimidad se basa en un proceso legal y este son las elecciones; si las elecciones se conducen con honestidad, existe una base para la legitimidad. El factor electoral es central porque por medio de las elecciones se logra el consenso, y con consenso se construye la legitimidad. Si, tal y como lo comprueban los estudios de los físicos, hubo fraude electoral, no hay manera que Calderón pueda llegar a convertirse en presidente legítimo y el reclamo de López Obrador de tener la legitimidad tendría alguna validez. Eso no obsta para que Calderón pueda construir bases de aceptación popular, tal y como hizo Carlos Salinas, quien después de defraudar la elección armó una política económica que apaciguó primero y alegró después a las clases medias y a la burguesía, aunque luego se hundiera la economía del país en una crisis que todavía no suelta. La paradoja es que el ilegítimo es el que controla las instituciones gubernamentales, al igual que le sucedió a don Secundino Gallardo, casi setenta años atrás en Tampico, y a Noé Vega Pérez, en San Carlos en el 2007; con lo que se demuestra que México camina en círculos, y por eso el larguísimo, doloroso y sangriento camino a la democratización lo lleva de vuelta a las prácticas nefandas del autoritarismo.

Sobre el valor de este trabajo

Los anomaleros logran dar una con una veta que tiene un valor político inimaginable. El desenmascaramiento del IFE y TRIFE, del uso de algoritmos y mapaches, de la culpabilidad implícita de Ugalde y la participación de EEUU, son algunos de los resultados de estos estudios; las conclusiones y propuestas agregan aún más valor a estos hallazgos.

Este libro demuestra que el IFE y TRIFE no son instancias ciudadanizadas, ni le responden a los ciudadanos; son instrumentos en las manos de los que los pusieron ahí: gobernantes, líderes de partidos, de sindicatos poderosos, legisladores. Por donde se le busque, no aparece la sociedad como protagonista en estas instituciones.

En el 2006 el TRIFE violó la ley, pero anuló votos –cuidadosamente– para darnos atole con el dedo. Por la misma razón le dio un manazo a Fox sin sancionarlo como manda la ley. No falta quién argumente que el haber anulado la elección hubiera causado una gran turbulencia, especialmente teniendo un presidente que se hacía pasar por estúpido para robar como vivales a manos llenas, e inclinar la agenda nacional hacia la extrema derecha donde conviven pederastas (con y sin protección de la Iglesia y de gobernantes) y depredadores de la hacienda pública. Pero la única manera de poner al país sobre los pies es llegar a la conclusión que las leyes deben dominar, y si para esto es menester anular una elección presidencial, adelante: ya sabremos absorber la turbulencia, porque saldremos de ella fortalecidos y, optimistamente, con un gobierno que se sienta comprometido con la sociedad y que tal vez empiece a gobernar en consonancia con tal significado. Pero dominó la corrupción y el interés partidista y faccioso. La lección es brutal, las instancias encargadas de aplicar la ley y ser garantes de lo correcto tienen precio. Así que los ganadores de la contienda electoral fueron –tomando el concepto de el fino revolucionario Gonzalo N. Santos– los latrofacciosos.

La historia en el IFE no es mejor. Finalmente, se hizo lo correcto y se determinó correr a Luis Carlos Ugalde, el hombre bajo cuya presidencia se debía garantizar un manejo nítido y limpio de las elecciones, pero se impuso la consigna de sus patrones y permitió la imposición de los algoritmos en contra de la voluntad popular. Pero los diputados mostraron no haber aprendido la lección o, tal vez, que no buscaban aprender lección alguna: abrieron un proceso para que los “ciudadanos” buscaran tres lugares en el IFE, y terminaron convirtiendo todo en una charada donde los lugares del consejo se volvió un arreglo entre partidos, burlándose una vez más, no de los casi quinientos candidatos, sino de la sociedad que creía que ahora sí nos quedaríamos con los mejores.

Siguiendo el ejemplo de Jorge López, ante la escasez de respuestas y ausencia de transparencia en los manejos políticos del país, yo pregunto: ¿el despido de Ugalde y de los otros ocho consejeros –aunque sea escalonado– es una aceptación de los malos manejos del IFE? Si la respuesta es positiva, entonces, ¿por qué darle a Ugalde una indemnización de 10 millones de pesos y no en cambio meterlo a la cárcel? ¿Esto prueba el refrán mexicano de: al enemigo puente de plata? ¿Esto es un premio por los servicios prestados a la derecha que se ha apoderado del país? ¿Habrá otros fondos secretos de los factores que lo pusieron ahí para que se comportara de la forma inicua como lo hizo? ¿Su salida es un plan de contingencia por “si nos pescan en la jugada”? ¿La salida de Ugalde terminará el asunto del fraude electoral? No olvidemos que el IFE se encargó de enterrar la indagación y sanción pertinente de la violación a la ley electoral de Vicente Fox y que debió haber llevado a la anulación de la elección. Pobre Ugalde, se ensañaron con él, siendo que él solamente siguió un patrón de marranadas; ahora lo quieren presentar como el villano nacional (del momento).

El manejo algorítmico de la elección muestra que esto se pudo hacer solamente con una colaboración interna y que se fundaba en la enorme deshonestidad que asola al país. Hasta he estado a punto de discutir cómo la falta de nacionalismo y compromiso con la democracia llevó a un funcionario a venderles el padrón electoral a los estadunidenses, pero me han convencido de que es un recurso retórico barato y anacrónico. Hemos pasado muy rápido del argumento de los elevados costos de la democracia al fraude barato, porque modificar electrónicamente los datos es más barato que movilizar mapaches, comprar funcionarios de casilla, rellenar urnas, etcétera, aunque esto también se hizo, tal y como se ve en el análisis de las casillas que tienen más votos que los registrados.

En este tenor, una palabra sobre Estados Unidos. Como documenta López Gallardo, una empresa en Estados Unidos conectada con el fraude que permitió reelegir a George W. Bush, compró el padrón electoral e información sobre las licencias de manejar en el Distrito Federal. El gobierno de ese país había adquirido la misma información de Venezuela y Brasil, aunque allá por lo visto no logró impactar el resultado electoral igual que en México. El padrón no cambia mucho en varios años y, por lo tanto, contaban con información útil para incidir en las elecciones. El empleado mexicano comprometió la democracia por unos chelines y Estados Unidos comprendió que era más barato y menos riesgoso propiciar un golpe de estado cibernético en lugar de propiciar la caída de gobiernos. México es una república bananera que debe ser tratada como si no lo fuera. Es por eso que las declaraciones desde Washington decían que ellos respetarían el resultado electoral, bien sabían que estaban actuando bajo cuerda para que la “izquierda” no llegara. Si Bush había hecho trampa para llegar, no había la menor razón para que no la hiciera para evitar que sus enemigos consolidaran un eje latinoamericano, y de ahí, no solamente la campaña sucia sobre el peligro para México, sino la llegada de apoyo tecnológico y logístico para inclinar la elección en una dirección “deseable”.

Si Fox le debía la elección a parte del dinero que le llegó –ilegalmente– del norte, Calderón se la debe a la tecnología y apoyo que llegó de la misma dirección. Por eso, las posturas básicas del gobierno mexicano, por malas y comprometedoras que sean para el futuro de la nación, no cambiarán sustancialmente en los próximos años.

Las lecciones y lo que viene

Este libro hacía falta. No solamente como lección para los politólogos que se basan en anécdotas y en compromisos personales que presentan como conclusiones científicas. Refuta de manera elegante a esos análisis sesudos que tienen como premisa (de nuevo Bashevis) el grosor que se quiere tener del bolsillo. No soy injusto con aquellos que luchan por su independencia y que su falla es la sujeción paradigmática, para ellos mi disculpa adelantada, no busco ofenderlos, aunque sí los invito a que se animen a renovar y romper paradigmas, seguro que le haremos un gran bien a los que nos escuchan y nos leen, aunque tampoco son tantos.

La otra lección del libro es que se puede observar a la política y demostrar sus malos manejos hasta con datos insuficientes. La tecnología permite medir las mentiras y dar luz sobre ellas, aunque las consecuencias sean limitadas por la falta de compromiso de los políticos. Algún día, sin embargo, penetrarán la conciencia nacional y moverán a la gente para exigir que se respete su voluntad (perdón de nuevo por el ataque de optimismo).

El paso siguiente consiste no solamente en las propuestas que hace Jorge López para limpiar la manipulación de los datos, sino en un reemplazo de líderes que abran las puertas a nuevos políticos que crean en la Razón de Humanidad, concepto que acuñó Yehezkel Dror, y que implica que el gobierno se concentre en mejorar la calidad de vida de la sociedad; y que se alejen de la Razón de Estado, que no ha sido sino la excusa para cubrir muchas de las infamias que se cometen en nombre de la preservación del Estado y los políticos.

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2 comentarios leave one →
  1. mhg permalink*
    octubre 21, 2011 11:18 pm

    Muy interesante la aportación. Las piezas encajan cada vez mejor en el rompecabezas del fraude del 2006.

    Saludos

Trackbacks

  1. Cables de Wikileaks confirman el fraude electoral de 2006  | Jóvenes AMLO Puebla

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