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El cuerpo de las mujeres, botín de la narcoguerra

junio 14, 2011

  • En Nuevo León han sido asesinadas este año más de 65, nueve de ellas menores de edad
  • A la agresión sexual se une la saña, la inquina contra el origen, el desprecio y el odio al género

Sanjuana Martínez, Especial para La Jornada

Periódico La Jornada

Domingo 12 de junio de 2011, p. 11

Escenas de la narcoguerra feminicida en siete días: una, en el municipio de Cadereyta rumbo al Palmito, cuerpo de mujer destazado en seis partes en el interior de un baño de lámina galvanizada. Dos, una cabeza de mujer tirada en la avenida Gonzalitos y Francisco Rocha, en la esquina del restaurante El Gran Pastor. Tres, un taxi estacionado frente a Seguridad Pública del municipio de Guadalupe; en el asiento trasero, un bote de pintura de 19 litros con cabeza de mujer. Cuatro, dos costales de plástico tirados en una carretera de la Hacienda El Alamito con cinco pedazos de un cuerpo de mujer sin cabeza.

En lo que va del año, más de 65 mujeres, nueve de ellas menores de edad, han sido asesinadas en Nuevo León según métodos salvajes, primitivos; la mayoría, ultrajadas sexualmente. Se trata del feminicidio más cruel, el que va unido a la guerra contra el narco y está invisibilizado; el que mutila, destaza, cuece, descuartiza, desuella…

La narcoviolencia afecta más a las mujeres. Sus cuerpos, convertidos en botín de guerra son utilizados para la explotación sexual, amedrentar a los rivales, amenazar y ocasionar más daño a los enemigos. A la agresión sexual se une la saña, la inquina contra el origen, el desprecio y el odio al género.

No es fácil monitorear el horror feminicida en estos tiempos de guerra y Alicia Leal, presidenta de Alternativas Pacíficas, lo sabe. Lleva 15 años combatiendo la violencia de género y sosteniendo dos albergues para mujeres maltratadas. Los casos que ahora recibe por la narcoviolencia son terribles. Nunca en su vida había visto lo que ahora sucede: “El cuerpo de las mujeres está siendo un botín en esta guerra. Hay una mayor crueldad. Es una violencia extrema en cuanto a coerción y lesiones. Hay un sadismo impresionante. Las que no mueren y nos llegan heridas, traen huellas de violación tumultuaria, mujeres que mientras las están violando las queman con cigarrillos o las cortan con cuchillos. Es como una película de terror, pero es la realidad”.

Historias de miedo

Se llamaba Perla Elizabeth Campos Garza, tenía apenas 22 años y trabajaba en un servicio de renta de vehículos ubicado en Cadereyta, a 40 kilómetros al oriente de Monterrey, un empleo donde es obligatorio usar blusa ceñida mostrando escote y shorts muy cortos ajustados. Su trabajo consistía en “atraer” a los clientes desde la puerta del negocio bailando con movimientos cadenciosos. Un sistema de “promoción” con dos o tres muchachas, utilizado en los depósitos de cerveza de Monterrey.

Perla tenía el cabello teñido de pelirrojo. Salió de trabajar a la medianoche y no llegó a su casa. A las 8:40 horas del primero de junio la policía recibió una llamada para avisar que “una mujer mutilada” había sido abandonada en una brecha. Los oficiales buscaron pero no encontraron el lugar. Luego a las 12 del día recibieron una segunda llamada donde precisaban el sitio. Se trataba de la comunidad Palmitos a tres kilómetros de Cadereyta. Allí, en pleno monte, encontraron un baño de lámina galvanizada de 65 centímetros de diámetro por 30 centímetros de altura. Adentro estaba el cuerpo de Perla cercenado en seis pedazos. Tenía un mensaje escrito en un pedazo de cartón que decía: “Pantera 6 lenón”. El suceso fue atendido por policías locales, en lugar de agentes del grupo de homicidios. El asesinato de Perla ni siquiera fue comentado por las autoridades de la Procuraduría de Justicia estatal. Su caso no mereció una mención más en los medios de comunicación los días posteriores al hallazgo.

Alicia Leal explica que los “crímenes horrorosos” de la narcoguerra invisibilizan los de las mujeres: “El crimen organizado está utilizando en las poblaciones semiurbanas mujeres para explotación sexual o prostitución forzada. Las mantienen amenazadas de que les van a matar a los hijos, esposos o padres. Y cuando ya no les sirven las están eliminando. Hemos recibido casos de mujeres forzadas a trabajar para el crimen organizado y también de mujeres obligadas a pasar droga por la frontera, incluso en los penales las presas son amenazadas cuando tienen hijos para forzarlas a la explotación sexual”.

En Cadereyta, siete días después del asesinato de Perla, concretamente en la comunidad rural de Hacienda El Alamito, en el kilómetro 14 de la carretera a Allende, había dos costales de plástico tirados en la calle junto a un depósito de cerveza. Eran las seis de la mañana y los militares encontraron en el interior de los sacos un cuerpo de mujer desmembrado en cinco partes, sin incluir la cabeza.

Los casos como este provocan sentimientos de dolor para quienes como la activista feminista Irma Alma Ochoa, directora de Artemisas por la Equidad, se dedican a contabilizarlos. Lleva 11 años comprometida con el tema haciendo el recuento y está convencida de que el incremento de 168 por ciento de feminicidios registrado en Nuevo León en los primeros cinco meses de este año tiene que ver con la narcoviolencia: “Desde que empezamos a hacer este recuento, cuando nos encontramos con una mujer a la que asesinaron a batazos, otra a la que decapitaron y la cabeza la metieron debajo de la cama, con mujeres calcinadas, o heridas con ácido en la cara, nos dimos cuenta que son casos que demuestran que es mucha la saña, la misoginia, el odio al origen. Y con la narcoviolencia se exacerba el número de casos”.

Sin conmiseración

El 6 de junio el cadáver de una mujer asesinada a golpes fue encontrado en un terreno baldío de la colonia Jardines de Casa Blanca en Guadalupe. Estaba boca abajo con el dorso desnudo y con pantalón de mezclilla. La chica de unos 25 años de edad presentaba el rostro desfigurado por los golpes y tenía contusiones en la espalda. Estaba con los pies atados y un mensaje que las autoridades se negaron a hacer público.

Cinco días antes, en el mismo municipio, una mujer destazada fue encontrada en la cajuela de un taxi junto a su padre a unas calles del edificio de Policía y Tránsito. Se llamaba Azalia Vanesa Cervantes Arámbula y tenía 28 años de edad. Sobre los restos, había un mensaje contra la alcaldesa de ese municipio, Ivonne Álvarez, que decía: “Puta traicionera”.

A 100 metros del cuartel de la policía fue abandonado un taxi unos días antes. En el asiento trasero encontraron la cabeza de una mujer en un bote de pintura de 19 litros. Aún no la identifican.

El 4 de junio, el cuerpo de una mujer de entre 20 y 25 años fue encontrado. Había sido torturada, asesinada a golpes y posiblemente quemada viva. Tenía un alambre de púas alrededor del cuello. Eran las 10 de la mañana y en el kilómetro 17 del Libramiento Noroeste, en una brecha del municipio de Escobedo con los límites de García, en la colonia Portal del Fraile, cuando habitantes del lugar acudieron a cortar leña, la encontraron con restos de cinta canela, lo cual hace pensar que estaba maniatada cuando la arrojaron al lugar y le prendieron fuego. Sólo quedó una sandalia blanca.

“Cada vez hay mayor crueldad. La práctica de calcinar, por ejemplo, viene de años atrás. Es muy utilizado en sociedades donde el patriarcado es más fuerte y se demuestra el poder masculino cuando la primera persona que aparece colgada de un puente en Monterrey es una mujer (La Pelirroja)”, dice Irma Alma Ochoa.

La invisibilidad

El mes de mayo ha presentado igual crueldad en el asesinato de mujeres. El 23 de mayo encontraron en una camioneta con placas de Texas abandonada en una brecha de la carretera a Colombia a la altura de Salinas Victoria el cuerpo de una mujer brutalmente torturada y rematada con tiros de gracia. Estaba esposada y con la boca tapada con cinta adhesiva.

“Son asesinatos cada vez más deshumanizantes”, dice Consuelo Morales, directora de Ciudadanos en Apoyo a Derechos Humanos, “Hechos más salvajes, más lejanos de nosotros. Y cada vez son más mujeres. Ellas son las que sufren una peor violencia en esta guerra, al ser más vulnerables”.

El 18 de mayo fue encontrado el cadáver de otra mujer, torturada y con heridas de arma de fuego. La tiraron en una calle de la colonia Morelos, en el municipio de Guadalupe, a las 4:30 de la madrugada.

La saña con la que actúan contra las mujeres quedó de manifiesto en el asesinato de Kitzia Rebeca Yuriditzia Cansino Ocañas, de 23 años de edad, quien tenía su domicilio en el barrio Paso Hondo del municipio de Allende. Estaba embarazada y tenía heridas en el costado izquierdo y en la parte baja de la cintura. Recibió más de cinco balazos.

Irma Alma Ochoa lo explica: “Es el odio al origen, el odio a la madre. Quién sabe qué traigan estos asesinos para odiar incluso a aquellas que dan vida. Lo que hemos visto es que hay más saña en estas mujeres. El mayor grupo de mujeres asesinadas pertenece a la edad reproductiva. Algunas, incluso embarazadas. Y a muchas las golpean en el vientre”.

El 20 de mayo a las 7:30 de la mañana apareció un cuerpo desmembrado de una mujer a pocos metros del palacio municipal de Guadalupe. Estaba decapitada y la cabeza fue colocada encima de una patrulla con un mensaje que los policías se negaron a hacer público.

Para Alicia Leal está claro que estos son feminicidios de la narcoguerra: “Tienen un componente de género. En la mayoría de estas muertes hay violación, hay mutilación de tipo sexual. Eso es violencia de género. Punto. Aunque al Estado le conviene mantenerlo como algo generalizado, la realidad es otra”.

Y es que en Nuevo León no está tipificado el feminicidio: “El Estado sigue sin tener mecanismos para ofrecer a las mujeres respuestas inmediatas para casos de emergencia. Hay una clara falta de coordinación interinstitucional porque el gobierno mantiene un ejercicio monopólico de atención a las víctimas. Y esa no es la solución. En una semana hemos recibido tres casos de niñas violadas, algo que nunca habíamos visto en los 15 años de trabajo”.

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