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Sabino Gordo

julio 16, 2011

Abraham Nuncio

La Jornada, 16 de Julio de 2011

La muerte cotidiana y masiva segrega un ranking fúnebre al que parecemos acostumbrarnos. Acaso no falte la expectativa morbosa de que el número de ejecutados, enterrados en narcofosas, torturados, secuestrados aumente para que el día adquiera cierto sentido. El saldo de 20 personas asesinadas y seis heridas en el bar Sabino Gordo de Monterrey pronto será uno de tantos episodios dentro de la violencia que hunde cada vez más al país. La marca histórica casi fue alcanzada cuatro días después: 19 personas fueron asesinadas con armas de fuego en Monterrey y otros municipios.

A esa monstruosa desaparición de la tragedia pretenden apostar los estrategas de la guerra selectiva contra el crimen organizado para que la conciencia no se sobresalte y la dominación por la fuerza armada se convierta en la forma normal de gobernar.

Por ello es importante fortalecer el movimiento encabezado por el poeta Javier Sicilia. Movimiento que rompe, considerados sus errores, con el esquema del gobierno y de quienes han introyectado su irracionalidad.

En condiciones distintas de las que han sido creadas por este movimiento, quizá el médico Otilio Cantú, padre de Jorge Otilio, el joven asesinado hace dos meses con todas las agravantes de la ley por soldados del Ejército Mexicano, no se habría atrevido a escribir la carta que dirigió a Felipe Calderón. La de Monterrey es una sociedad donde el silencio de los inocentes (vía censura y autocensura) es el festín de los abusones. Don Otilio cuestiona, respetuosa, pero muy puntualmente, su política militarista en materia de seguridad. La carta fue resumida y publicada por El Norte bajo el título ¿Nos acostumbraremos?

Aparte de otros señalamientos, don Otilio le plantea a Calderón unas pocas preguntas de esas que la mayoría de periodistas e individuos especializados en el tema no logra formular: 1) Recordando que Calderón pidió perdón a las víctimas de su combate a la delincuencia, y a renglón seguido afirmó que continuaría con su misma estrategia, le cuestiona si no “son igual de criminales las Fuerzas Federales que masacraron a mi hijo Jorge Otilio, y que envió de apoyo a Nuevo León”, como ha ocurrido en otros casos. 2) Si él, Calderón, cree que los soldados son sometidos a pruebas toxicológicas antes de salir a realizar sus operativos, pues una persona en su sano juicio no puede cometer actos de barbarie como el cometido contra su hijo. 3) Si, como “Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, de verdad piensa que el Ejército fue capacitado correctamente para una lucha de tal envergadura antes de exponerlo a que ahora su trabajo se encuentre en entredicho para muchos ciudadanos y analistas sin haber antes enmarcado su presencia civil de manera legal”. Otras preguntas se refieren a la forma brutal en que su hijo fue masacrado y al ocultamiento y mistificación empleados para culparlo de su propia muerte, y al posible propósito de dejar que el tiempo corra para que su crimen sea uno más “de esta guerra insensata y cruel” y pase a la memoria como un error.

El significado cabal de la carta de don Otilio se comprende mejor en el contexto social y cultural de Nuevo León. Los contrastes entre lo que las autoridades deciden y dicen, y la realidad nos saltan a los ojos. Los gobiernos del estado y de diversos municipios decidieron militarizar la seguridad, en seguimiento de la política de Calderón. A partir de entonces se ha incrementado la violencia en el estado. En 2008 se registraron 105 víctimas; 112 en 2009; 620 en 2010, y más de 900 en sólo lo que va de 2011. Para las autoridades, con la sobrada escasez de cultura política reinante, sería difícil que pudieran atender al sentido de juicios como el que encierra la conocida frase de Georges Clemenceau: “La guerra (y la seguridad, cabría añadir) es demasiado importante como para dejársela a los generales.”

La medida más reciente fue permitir que los soldados revisaran casa por casa, como si fuese igual que revisar casilla por casilla, con la autorización de sus habitantes, para rastrear evidencias del crimen organizado. (¿Cuántas llevan?, ¿bajo qué plan?, ¿están incluidas las de las zonas residenciales?, ¿los responsables de tropa han dotado de criterios a sus subordinados sobre cómo se catea una casa?) Apenas iniciado el operativo, el gobernador Rodrigo Medina de la Cruz declaraba que con tal medida se estaba abatiendo los índices de criminalidad. Al día siguiente tuvo lugar la masacre del Sabino Gordo.

Los empresarios, encabezados por el Centro Patronal de Nuevo León-Coparmex, están de acuerdo en la estrategia militar de Calderón. De repente se pronuncian en algún desplegado para que se restablezca el orden y se imponga la paz. Su blanco, en abstracto, es el crimen organizado. Pero nunca se han manifestado en contra de los propietarios de antros, casinos y establecimientos destinados al tráfico y prostitución de personas. Menos en contra del complejo financiero donde se blanquea el dinero proveniente del narcotráfico. Monterrey ostenta el primer lugar en número de antros y de casinos, y el segundo en la trata de personas. Así, lo del Sabino Gordo fue terrible, pero en buena medida es resultado de una ciudad donde mora y medra holgadamente el hampa.

Hay voces discrepantes, como la de Mauricio Fernández, alcalde de San Pedro Garza García, o la del empresario Alberto Santos de Hoyos. Aunque a últimas fechas ha pedido el patrullaje del Ejército, la reiterada tesis de Fernández es que la estrategia federal en el combate al delito está equivocada. Ambos coinciden en que el trasiego de enervantes es un problema estricto de salud pública.

A raíz del violento fin de semana que registró 97 muertes, Alejandro Poiré, vocero de seguridad del gobierno federal, advirtió que la violencia disminuirá conforme más aprisa se lleve a los delincuentes ante la justicia.

La verdad es que un poco más de prisa en la estrategia calderonista de combate al crimen organizado y estaremos perdidos.

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