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Las encuestas electorales, cinco cuestionamientos

julio 18, 2011

Roy Campos

El Economista

18 de Julio de 2011

Después del 2010 y este año -antes de las elecciones de julio- se generaron ataques y descalificaciones a las encuestas, normalmente de simpatizantes de partidos o candidatos que no eran favorecidos en las preferencias.

Anoté algunos de los cuestionamientos tradicionales y que resurgieron con cierta periodicidad y los puse con signos de interrogación para que quede claro que no es afirmación mía, sino cuestionamientos de otros:

1) ¿Las encuestas son parte de un proceso de engaño para inhibir a los electores que quieren el cambio? Por supuesto que no. Los ciudadanos que quieren el cambio lo seguirán queriendo más allá de las encuestas. A la mejor esta última les muestre que no son mayoría, pero en ese caso también les mostrará los porqué y los quiénes, les enseñará que sus posturas, aunque tengan mucha fuerza racional, no son compartidas por el resto de ciudadanos. Pelearse con la encuesta es como pelearse con el espejo. No les gusta ver que las mayorías no comparten su sentir y lo primero que se les ocurre decir es: “Miente el espejo”. Lo que sí sucede es que la encuesta destruye un viejo y falso discurso incluyente que aún se usa, como “todos queremos…”, “nadie quiere…” o “la mayoría estamos…”.

2) ¿Las encuestas tienen como propósito inflar a un candidato para que éste logre popularidad? Falso. Las encuestas miden lo que ya existe, no lo que va a existir. Si un ciudadano es hoy popular, la encuesta lo reflejará; si no es popular, la encuesta no le dará esa popularidad. En el caso de las encuestas actuales, muestran a un aspirante muy por arriba en las preferencias que el resto de los competidores por la Presidencia. Las encuestas así lo reflejan porque así es, no porque así vaya a ser mañana ni el día de la elección.

3) ¿Las encuestas son sólo un negocio que consiste en decirles a quienes las contratan lo que quieren oír? O ¿las encuestas siempre favorecen a quien las paga?. Ésta es tal vez la más absurda de las cuestiones. Es la clásica forma de descalificar a las encuestas. Pero, ¿realmente alguien cree que las encuestas serían contratadas para generar números falsos? ¿En verdad no sabía, por ejemplo, el candidato del PAN en Coahuila que iniciaba la contienda con decenas de puntos por debajo en las preferencias? ¿O no sabían Alejandro Encinas y Luis Felipe Bravo Mena que la intención de voto estaba en favor de Eruviel Ávila? ¡Claro que lo sabían! Sin embargo, hablaban de tener encuestas propias que decían otra cosa. Viví el caso de que en Twitter simpatizantes del PAN en Coahuila me atacaban y mostraban otros datos, a lo que sólo les respondía que cuidaran que sus estrategias las basaran en datos ciertos (obviamente, después de la elección ya ni me han contestado). Lo que en realidad pasa es que cada equipo de campaña tiene datos muy similares y, por supuesto, el que va adelante es más propenso a difundirlos, pero todos tienen los mismos datos. Se podrían poner muchos ejemplos para mostrar lo absurdo del cuestionamiento, pero cuando se ve que algunos partidos hablan de alianzas contra el PRI y otros hacen cónclaves para analizar el mal posicionamiento de su partido, se entiende que están tomando decisiones con los mismos datos con los que el PRI dice que va adelante. No es cosa de quién los contrate, sin importar el origen del contrato. El resultado es el mismo.

4) ¿Las encuestas son un intento de adivinar el futuro? O ¿las encuestas son un pronóstico? Ya muchas veces he argumentado la imposibilidad de que una encuesta pronostique; a lo más, genera escenarios con ciertas probabilidades, pero nunca son total certeza de triunfos; sin embargo, cuando uno de los escenarios de baja probabilidad ocurre, se acusa a las encuestas de mentirosas y no sólo eso, sirve a los detractores como ataque a una empresa o a toda la industria, mencionando por supuesto la supuesta “falla de pronóstico” y no las muchas veces que los escenarios probables han sido los que ocurren. En este sentido, las encuestas son como la aviación: nos acordamos de un accidente y no de los miles de aterrizajes exitosos, pero cuando lo necesitamos seguimos utilizando un avión por ser el medio más rápido y seguro. Lo mismo diría de las encuestas.

5) ¿Las encuestas buscan que los electores indecisos voten por el candidato que va adelante? Éste sea tal vez el argumento que más me gusta, pero porque es motivo de mucha discusión. No existen pruebas concluyentes de que esto sea cierto, pero hay casos en los que se puede mostrar que las encuestas motivaron un “voto útil” por parte de un grupo de ciudadanos. Como sea, sin ser este texto un tratado (he escrito ya antes al respecto) tendríamos que aceptar dos cosas: a) la alternativa para un votante de darle utilidad a su sufragio es una decisión racional que debe ser respetada. Puede votar para asegurar que alguien gane, para emparejar la contienda, para evitar que otro lo haga, para conseguir el registro de una fuerza política o sólo para sentirse bien; como sea, se debe respetar su motivo y b) si la difusión de encuestas es una forma de influir en el resultado de una elección, entonces la no difusión es otra forma de influir: la primera porque podría modificar las intenciones de voto y la segunda porque evita que esas intenciones se modifiquen. En el primer caso, la influencia se da por la existencia de información, en el segundo por la ignorancia de ésta. Prefiero, en todo caso, se influya con la información y no con la ignorancia. La conclusión en este punto es que, en lugar de atacar la existencia de encuestas, debemos pugnar porque existan muchas y que estén hechas por profesionales. Cualquier intento de engaño terminaría por diluirse.

En otro texto prometo responder: ¿para qué hacerlas?

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