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El país pasó de la epopeya social al campo educativo arrasado

octubre 3, 2011

  • 90 aniversario de la SEP
  • El desmantelamiento, la pérdida social más lamentable, coinciden los especialistas
  • A casi un siglo de la gran cruzada por llevar el alfabeto a los sitios más olvidados, cerca de 5 millones de mexicanos no saben leer ni escribir y la escolaridad promedio es de 8.6 años

Karina Avilés

Periódico La Jornada

Lunes 3 de octubre de 2011, p. 38

A 90 años de la fundación de la Secretaría de Educación Pública (SEP), que materializó la idea de ofrecer enseñanza a todos los mexicanos, el sistema educativo nacional “perdió la brújula y colapsó”, en opinión de estudiosos del tema en México.

Hoy, a casi un siglo de distancia de la gran cruzada por llevar el alfabeto a los sitios más olvidados del país, existen cerca de 5 millones 400 mil mexicanos que no saben leer ni escribir, casi 32 millones de nacionales están en rezago educativo y la escolaridad promedio es de 8.6 años, es decir, no alcanza, siquiera, la secundaria terminada.

Aunque la explosión demográfica ha servido como pretexto para justificar esta situación, países como Argentina y Chile, con los cuales suele establecerse un punto de comparación, tienen una escolaridad promedio de preparatoria.

El especialista de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN) y del Instituto Mora, César Navarro, lo resume así: “Se pasó de una epopeya social a un campo educativo arrasado. La educación es la pérdida social más lamentable que ha tenido nuestro país”.

Para expertos e historiadores, la diferencia de hoy, con aquel entonces, cuando al inicio de los años 20 del siglo pasado nació la SEP, con José Vasconcelos, consiste en que antes existía un proyecto de Estado, donde la enseñanza ocupaba un lugar central, cosa que en la actualidad “no se ve desde hace muchísimos años, después de secretarios como Jaime Torres Bodet y Agustín Yáñez”, considera el investigador emérito del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Álvaro Matute.

Lejos de las aspiraciones vasconcelistas, en las que prevalece la idea de construir una identidad nacional, el sistema educativo ha dado un viraje hacia un modelo mercantilista, reproductor de las desigualdades, coadyuvante de la exclusión y regido por lo cuantificable. Así, observa Navarro, la formación de personas es cosa del pasado.

Con 39 años de edad, el autor de La raza cósmica fundó y dirigió la Secretaría de Educación Pública y Bellas Artes, creada por decreto del presidente Álvaro Obregón el 3 de octubre de 1921. Era una nación en ciernes, un país de agricultores, arrieros, peones, panaderos, herreros, carpinteros, fundamentalmente rural.

El México de Vasconcelos contaba con 10 millones 621 mil 740 habitantes mayores de 10 años, según el Censo General de Habitantes de 1921. De ellos, 6 millones 879 mil 348 no sabían leer ni escribir.

De ahí que uno de los principales aportes de esta etapa es el combate al analfabetismo. “Vasconcelos entusiasmó a los promotores de la educación, a los voluntarios que fueron a las campañas de alfabetización, a los que llevaron libros a todas partes del país. Las famosas misiones culturales, que afortunadamente tuvieron continuidad, hacían que profesores formados en la normal fueran a comunidades lejanas y marginadas a llevar el alfabeto. Todo, con un concepto de educación integral”, recuerda Matute.

En un documento poco conocido, correspondiente a su último informe de labores al frente de la SEP –cuyo periodo fue corto, ya que renunció en julio de 1924–, el maestro oaxaqueño dio cuenta de la importancia de esta tarea: “El Departamento Escolar recientemente acaba de catalogar sus escuelas dividiéndolas en el primero, segundo y cuarto grados, y Escuelas Profesionales, en las primeras quedan comprendidas las dedicadas a la Campaña Contra el Analfabetismo y Jardines de Niños.

“Los Centros Contra el Analfabetismo han quedado dedicados exclusivamente a leer y escribir, además en forma de pequeñas conferencias que pone a los analfabetos al tanto de los acontecimientos de su país y de aquellos otros que tengan por sí mismos una importancia esencial, al mismo tiempo se estimula su educación repartiendo entre ellos folletos y libros sencillos, con lo que se procura hacerles conocer todos aquellos asuntos de orden social e industrial que sean capaces de contribuir a mejorar su condición moral”.

Por ello es que, después de esta titánica labor, hoy resulta “absolutamente inadmisible” que México tenga una tasa de analfabetismo de casi 7 por ciento, subraya el investigador del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IISUE) de la máxima casa de estudios, Raúl Domínguez.

Las contribuciones de la también llamada revolución educativa y cultural fueron muchas, aunque los expertos subrayan la edificación de miles de escuelas rurales y primarias –en 1920, había 8 mil 171 escuelas y 679 mil 897 alumnos; para 1924, la cifra aumentó a 13 mil 487 planteles y un millón 44 mil 539 estudiantes–; el énfasis en la lectura como vía para crear una nación de ciudadanos libres y conscientes, sustento de la creación de las bibliotecas públicas y de uno de los proyecto educativos editoriales más importantes del siglo XX, como fue la edición de los clásicos que pusieron a Platón, a Plutarco o a Plotino, entre otros tantos, al alcance de todo público, por “su excepcional baratura”.

Así como las Lecturas clásicas para niños y Las lecturas clásicas para mujeres, estas últimas, encargadas a Gabriela Mistral. A ello, se suma el papel central de la enseñanza industrial, que no era enciclopédica, sino práctica, para lograr el mejoramiento económico de los mexicanos, sin olvidar los aspectos de la salud, la alimentación, los buenos hábitos de higiene, sin lo cual, como dice Matute, “no era posible que entrara el alfabeto”.

Vasconcelos entrega los muros de edificios públicos a pintores como Rivera, Montenegro y Murillo, como parte de la idea de que las enormes imágenes en las paredes debían coadyuvar a la función didáctica. Gracias a ello, Roberto Montenegro realiza el primer mural de la posrevolución: El árbol de la vida con la danza de las horas en la capilla anexa del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo y los mexicanos pueden apreciar los frescos pintados por Diego Rivera como El arsenal, La liberación del peón y Los sabios en los patios de Trabajo y de Las Fiestas en el edificio central de la SEP.

En México, observa el presidente del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (Comie) e investigador del IISUE, Hugo Casanova, los logros son tan importantes como las carencias y, a lo largo de nueve décadas, la educación es un territorio de claroscuros. Sin embargo, añade, es posible identificar hechos educativos de vanguardia social y pedagógica. Entre ellos, destaca la educación socialista de los años 30 y cuya denominación alcanza al texto constitucional. Esta propuesta, añade, tiene articulación con el mundo del trabajo, la justicia social y la democratización.

Con la presidencia de Lázaro Cárdenas, periodo en el que la escuela cobra notable valor para lograr las demandas más sentidas de los excluidos, los campesinos y los indígenas, se impulsan las escuelas rurales federales; las escuelas regionales campesinas con becas e internados mixtos; se fomentan centros escolares de trabajo; los internados indígenas, y la educación técnica tiene una de sus grandes manifestaciones con la creación del Instituto Politécnico Nacional.

Logros como la impresión de los libros de texto gratuito con Jaime Torres Bodet, que desde 1960 son los títulos en los que estudian los escolares mexicanos, la creación, con Agustín Yáñez, de la telesecundaria mexicana que en 1968 comenzó sus transmisiones ante 6 mil 569 alumnos, o el nacimiento del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA) y del Consejo Nacional de Educación Profesional Técnica (Conalep) impulsados por Fernando Solana, son otras de las obras de gran impacto en nuestra sociedad.

Casanova destaca la expansión sin precedente de la educación pública en la década de los 70, años que, de manera paradójica, marcan los límites de un modelo que reconoce la responsabilidad del Estado en la conducción y la provisión de la educación nacional.

El desmantelamiento

Los estudiosos aventuran distintos motivos de lo que hoy denominan “debacle”, “decadencia” o “deterioro” del sistema educativo. Causas que van desde la falta de planeación ante una creciente demanda estudiantil, en opinión de Álvaro Matute, hasta la incorporación de México a los dictámenes del capitalismo internacional y, con ello, el desmantelamiento del aparato público en sus vertientes sociales, entre ellas, la educativa, expresa Raúl Domínguez.

Los años 80, añade Casanova, inauguran un esquema educativo cada vez más determinado por el mundo productivo. Se promueve la educación para el trabajo y para el mercado y se valora la enseñanza por sus resultados. En términos políticos, la educación es un terreno cada vez más disputado.

Los especialistas coinciden en que un factor central que explica esta decadencia es el contubernio que, primero, con Carlos Jonguitud Barrios y luego con Elba Esther Gordillo Morales ha mantenido el gobierno federal con la cúpula sindical, convirtiéndola en un polo de poder incontrastable.

Así, con una visión cuyo propósito es apuntalar los mecanismos de acumulación privada, la educación pública no puede ser más que un gasto oneroso, para lo cual se le ha sacrificado en términos presupuestales y abandonado en calidad, dice Raúl Domínguez.

“Empezaron a ser desmontadas las escuelas para los hijos de los trabajadores, las escuelas rurales, los planteles emblemáticos de la formación de maestros, se cambió la concepción del docente, de un profesor de comunidad a un maestro reproductor de los proyectos y planes de la SEP. Paulatinamente desaparecieron los internados gratuitos, de los que había uno o dos en cada entidad durante el cardenismo. Se fueron cerrando secundarias para trabajadores; es decir, se cancela todo lo que garantizó a mucha gente el acceso a la enseñanza”, describe César Navarro.

La educación tiene hoy otro sentido y se ha llegado a la conclusión de que son prescindibles aquellos “que no son funcionales al sistema: los pobres, los jóvenes, los indígenas”, agrega.

Pese a que hoy día sólo dos de cada 100 integrantes de los pueblos indios llegan a la universidad, la matrícula de prescolar y la primaria indígena no ha aumentado desde el inicio de este sexenio. La matrícula de las normales ha venido en picada. De una población estudiantil de 222 mil 617 en el ciclo 2000-2001 cayó a 128 mil 433 alumnos en el periodo 2009-2010.

En el país, 29 millones 275 mil 600 jóvenes carecen del bachillerato, según el Instituto Nacional de Evaluación para la Educación (INEE); 3 millones 245 mil 169 personas entre 19 y 23 años asiste a la escuela –desde la superior hasta la básica–, pero 2 millones 426 mil 979 en esas edades truncaron sus estudios, conforme a cifras de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del primer trimestre de 2011.

En una sociedad sin empleo, donde los niveles de bienestar se desploman, la tasa de pobreza aumenta, la riqueza se concentra y no hay ley que valga, sintetiza Raúl Domínguez, busca gente acrítica.

Lo alarmante, finaliza, es que “estamos ante un colapso de lo educativo”. Y los signos de descomposición son más amenazadores hacia el futuro, ya que, recuerda, la “verdadera condición del sometimiento no es la pobreza sino la ignorancia”.

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